Cada vez que llego a un aeropuerto o estación de trenes de manera casi automática se enciende en high el apetito. Digo apetito porque estoy segura que no es hambre, yo comí bien antes de salir de casa y lo que me apetece no se puede llamar comida. No es una necesidad fisiológica, es puro deseo de engullir lo primero que encuentre en mi camino. Y justo en esa repentina vulnerabilidad me he encontrado comprando bizcochitos en el lugar del café y papitas de bolsa, pretzels y hasta barras de chocolate en las tiendas de regalos. ¡Horror! ¿No he salido de viaje y ya arruino la dieta? Siento que como empieza un viaje es como se mantiene, no puedo estar estos próximos días comiendo desenfrenadamente. Por lo mismo ya tengo un plan. Voy armada al gran reto. El día que viajo procuro desayunar bien, mejor que nunca, y no llegar con hambre al aeropuerto, clave 001 para mantener el control. Pero claro, la ansiedad de las largas filas, pasar por seguridad, quita y pon los zapatos, saca laptop, y todo lo que implica, me ataca el deseo de comer aunque no tenga hambre. A esto le sumo mi preocupación constante por la maleta. Ya van dos ocasiones que olvido la maleta en la cinta de seguridad y sentada en el gate me percato. A llanto limpio en una ocasión y un par de buenos sprints por el aeropuerto. ¡Ufff!

Para gestionar inteligentemente esa ansiedad mis meriendas son clave 002. Usualmente llevo una bolsita de almendras o nueces mixtas y alguna fruta. Como algo y me controlo. Ahora viene lo bueno. Llegar al gate con las manos vacías. Paso por todas esas tentaciones antes mencionadas con casi los ojos cerrados «out of sight, out of mind», clave 003.

Llegué al gate, lo logré, no compré chucherías, ¡la mitad de la batalla está gana! Tomo asiento, casi siempre tengo un asiento «A» además de ser ventana, siento que esa letra trae buena suerte. Ya no hay distracciones, teléfono en modo aéreo, no hay instagram, facebook ni correos que responder. Empezaron los olores, me están atacando. En primera clase algo están sirviendo y yo quiero. ¡Ahí viene el carrito del terror! En este vuelo no hay comida, cada vez son más miserables las aerolíneas. Me ofrecen jugos, leche, soda o agua. Qué orgullosa me siento al decir «¡Agua!», clave 004. La mujer que tengo al lado me mira como bicho raro, mientras ordena una coca cola con poco hielo. Ofrecen chips de todos los colores, los pseudo saludables «blue» los atractivos amarillos y las suculentas galletas dulces. «No, gracias», casi sin mirar para no arrepentirme, clave 005.

Saco mis armas, hoy traigo una ensalada que preparé ayer mientras hacia el check-in, clave 006, llevar comida. Como acompañante indispensable para la distracción: la novela que estoy leyendo, una revista de ciclismo para no olvidar que si se me va la mano comiendo subir rampas pesa más y un diario donde planifico el viaje o hago una introspección del culminado, claves 007, 008, 009. Me siento fabulosa y suficientemente inspirada como para no dar marcha atrás. Lo logré.

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Carla Mi Nutricionista/ Ansiedad, gula y descontrol

Cuéntame, ¿Cómo lo haces tú? Si te identificas con esto, dale un share. Así no me siento que soy la única que ha olvidado la maleta en los controles de seguridad.