Una aventura sobre ruedas

Llegando el primer sábado de abril a mediodía desde Barcelona, mi amigo Kike y yo tomamos la guagua desde el Aeropuerto de Tenerife Norte. Con tan sólo leer la palabra «guagua» en la estación, ya me sentía muy familiarizada luego de meses leyendo letreros en catalán. Viajábamos hacia el sur de la isla, a una zona llamada Playa Las Américas que serviría como nuestro punto de partida.

Nuestra meta era darle la vuelta en bicicleta a la la isla más extensa del Archipiélago Canario, con un recorrido de 275 kilómetros (170 millas) y 5,030 metros (16,500 pies) de desnivel acumulado. Estábamos preparados para llevar la experiencia del ciclismo diario un paso más allá y convertir la aventura en una gran experiencia abrazando la libertad que nuestro deporte nos ofrece.

En esta ocasión no llevé mi cómplice de aventuras, mi bici apodada «La Negra». Para un viaje de cuatro días es mucho más conveniente y económico rentar. Contábamos con un equipaje ligero de “bikepacking”, solo lo indispensable para cubrir las millas que nos esperaban: bolsa para sillín, casco, reloj GPS, zapatillas y un par de piezas de ropa.

El plan original consistía en dar la vuelta a la Isla en un día, pero claro, cuando nos percatamos que apenas hay segmentos llanos en Tenerife, fuimos más sensatos y lo dividimos en dos días.

El domingo a las 8 de la mañana, luego de desayunar y tomar un típico barraquito canario, (café, leche condensada, leche, canela, y limón) Kike y yo estábamos listos. Salimos de Playa Las Américas, municipio Arona, atravesando el municipio de Adeje en dirección a la costa norte. Tenerife, la isla de la eterna primavera, goza de gratas sorpresas paisajistas, donde la vegetación cambia de forma radical constantemente debido a las diferencias de altura y microclimas que se generan.

Pasamos por colinas cubiertas de viñedos, valles con naranjos, platanales, palmares, tabaibales, y rodeados de cactus, lagartos, gallinas, tanto estímulo sensorial apenas hacía sentir el gran esfuerzo que la ruta presentaba.

Tras llegar a lo alto, en plena naturaleza, al municipio El Tanque, nos sorprendimos con un húmedo y frío mar de nubes que pronto dejaríamos al descender por la serpenteante carretera de vistas panorámicas al Océano Atlántico conectando con la parte baja de Garachico. En esta ciudad portuaria, fue donde tomamos el primer descanso y aprovechamos para comer unas papas canarias con mojo.

Llegando a El Sauzal, municipio de costa acantilada, ya caía la noche y el cansancio se apoderó de nosotros. Un amistoso Juan del Pueblo nos ayudó a conseguir una pequeña residencia cerca del mar para comer y pasar la noche. En este tipo de viaje, vale la pena improvisar en lugar de llevar un plan muy estructurado. Aunque teníamos puntos estratégicos de parada y que queríamos visitar, nos dimos la libertad de perdernos, descubrir y asombrarnos.

Con las piernas un poco cargadas, y un color tostado en la piel nos fuimos el lunes temprano a descubrir el Parque Natural Anaga. Esta Reserva de la Biosfera ocupa gran parte del macizo de montañas del noreste de la Isla. Durante el recorrido, nos encontramos con extrañas formaciones de rocas, barrancos, y la magia de la Laurisilva, un tipo de bosque subtropical que es como un fósil vivo, con árboles de gran tamaño, laureles, bejucos, helechos gigantes, palomeras, donde se irrumpe su silencio con el canto de las diversas aves que lo habitan.

Rendidos ante su diversa flora y profundos valles, dejamos a un lado el característico pueblo de casas de colores, Carboneras, y llegamos al mar, donde tomamos nuestro almuerzo: un bocadillo de jamón y queso, frutas deshidratadas y una refrescante Dorada, la cervecita de Tenerife.  Una pena que el tiempo no dió para un merecido chapuzón, ¡esa no me la perdono!

Al final del lunes regresamos a donde comenzamos, Playa de las Américas.

En el tercer día terminada la obra, se reposó. Esto seria lo justo, pero con los días contados, el martes tendría sabor a El Teide.

Pasamos por un pueblecito rodeado de pinares, Vilaflor de Chasna, de camino a la base del gran volcán. Sería una gran hazaña: con tan sólo 53 kilómetros (33 millas) de largo la subida era de 2,470 metros (8,100 pies).

Luego de 4 horas subiendo el dolor en las piernas apretaba proporcional al deseo de llegar a la cima. Cuando experimento este cansancio extremo, me gusta establecer unas “recompensas” que hacen más asequible llevar el esfuerzo como, “en el kilómetro 40 pararé a descansar”, y así el tiempo se dilataba.

En la ruta nos cruzarnos con varios ciclistas celebrando su descenso. Un par de coches con turistas nos animaron mientras peleábamos con la última subida hasta que finalmente llegamos al pico más alto de España. ¡Qué sensación tan plena, sin aire pero con el espíritu lleno! Es como estar en otro planeta, un paisaje lejos de lo terrestre, desde los diversos colores de la montaña, testimonio de sus diversas etapas geológicas, los tajinastes rojos, los matorrales redondeados, te sientes atrapado al estar tan en contacto con la naturaleza.

El descenso del tercer volcán más grande del mundo fue alucinante, en todo el sentido de la palabra. Una suma de emociones a causa del maravilloso paisaje y el posible mal de altura por la reducción de oxigeno, presentaron otro tipo de esfuerzo mental y soñolencia no tomado en cuenta. Afortunadamente, mi compañero siempre tiene un cuento que hacer y pude mantener la concentración necesaria. Con la ilusión de llegar a tiempo para el chapuzón en el mar, llegamos pasadas las 7 de la noche a Playa Las Américas. Me quedan razones para regresar….

El miércoles exhaustos pero muy contentos madrugamos para tomar el primer vuelo a Barcelona.

Soy toda una “biciosa” y no hay nada mejor que poner a prueba tu resistencia sobre la bicicleta mientras conoces nuevos lugares y disfrutas paisajes exuberantes.