Una aventura en bicicleta en los Alpes Italianos

Bajarnos de un avión para ir directamente a pedalear. El sábado a primera hora llegamos al aeropuerto Orio al Serio en Bérgamo, Italia, con una pequeña mochila y pocas horas de sueño para una nueva aventura en bicicleta. Seleccionamos este punto de partida para comenzar la travesía, considerando que dicha ciudad está situada en un territorio a pie de montañas.

A las 8h salimos del aeropuerto donde nos esperaba Tomasso con las bicicletas que rentamos y en un dos por tres ya no andábamos tan ligeros. Las máquinas estaban casi perfectas, pero llevaban un solo portabidón, lo cual comprometería drásticamente nuestro rendimiento y fuimos a la bicicleteria más cercana a solucionar el asunto.

El tiempo nos iba en contra y con muchos kilómetros que recorrer en los Prealpes Bergamascos, rápido buscamos una cafetería donde desayunar, vestirnos y preparar meticulosamente la bolsa para el sillín.

El plan original consistía en salir de Bérgamo en dirección a Lecco, bordeando su destacado lago. Kike estaba evaluando la ruta con una nueva aplicación y al ver varios “tornanti” (curvas de herradura) por satélite, desvió nuestro trayecto por Ponte San Pietro en dirección a Almenno San Salvatore, ubicándonos en los pies del Passo di Valcava. Aquí comenzaba el ascenso de este puerto no planificado, atravesando el comune municipio de Roncola. Este recorrido fue muy tranquilo, un estrecho camino rural con muchas casas, donde los vecinos nos animaban e indicaban la distancia que nos faltaba para llegar a la cima. Recuerdo en algún momento, detenernos y estar en medio de un plantío de rúcula al borde de la carretera.

Una vez coronado el puerto con 11,7 km al  6,9% y 1340 m de desnivel acumulado, nos encontramos un kiosco con refrigerios y unos sabrosos helados de frutas, perfectos para refrescarnos pues hacía mucho calor.  El primer día de esta aventura sobrepasé el cansancio a falta de sueño, contemplando la idea de llegar a bañarnos en el  ramo de Leco del lago de Como. Y fue ahí donde completamos la primera etapa, con un merecido chapuzón y un buen plato de Spaguetti alle vongole.

La mañana siguiente, un día radiante nos esperaba. Salimos de Lecco en dirección a Tirano, una ciudad muy familiarizada con el ciclismo, ya que además de hospedar a muchos aficionados, es sede del comienzo de etapas del Tour de Lombardía y el Giro de Italia. Esta etapa llana y larga tuvo un recorrido de 80 kilómetros, desde Cólico a nuestro destino por la ruta ciclabile. También conocido como Sentiero Valtellina, este camino es una delicia para los amantes de la naturaleza; con varios parques naturales, lagos, múltiples merenderos y unos 150 kilómetros de recorrido desde Cólico a Grosio y con un desvío que conduce a la villa de Chiavenna, municipio fronterizo con Suiza.

Llegamos a Tirano cayendo el sol, y fuimos directo a cenar. Habíamos compartido en la ruta el deseo de comernos unos gnocchis y dimos con ellos, acompañándolos con una ensalada caprese y una copa de vino.

El lunes nos dirigimos a nuestra primera misión, el Mortirolo, uno de los míticos italianos también nombrado, «el más duro«. Con tres diferentes rutas para ascender, luego de una breve discusión, ambos decidimos tomar la ruta “clásica”, desde Mazzo di Valtellina con unos 12,4 kms y una media de 10,6%.

Un camino entre montañas donde los diez primeros kilómetros están totalmente cubiertos de vegetación y la carretera es muy estrecha. Este puerto, a pesar de su corta historia, es toda una leyenda y allí pudimos ver una escultura dedicada a la memoria de Marco Pantani.

El  Puerto del Mortiolo (1852 m) también conocido como el Puerto de la Foppa, es muy exigente, tiene rampas llegando al 20% que representaron un gran reto ya que las bicicletas que llevábamos no tenían la piñonera adecuada para escalar. Un desafío para todos, “Una salvajada, una puta salvajada, una pendiente increíble que no acaba nunca, no son rampas sino más bien muros”. Mark Cavendish.

Una bajada de más de una hora en un bosque alpino con algunas curvas complicadas nos condujo hacia Ponte di Legno. En medio del camino, en Monno, hicimos una breve parada para comer y recargar energías para el próximo reto,  aún estaba en la agenda del día, otro mítico, el Passo di Gavia.

Dejando atrás la población de Ponte di Legno, iniciamos el puerto tomando la carretera SS300. La primera parte del puerto transcurre por una vía ancha que más adelante se estrechaba introduciéndonos a una zona boscosa. A nuestra vista quedaba una extensa carretera rodeada de montañas con un disperso rebaño de vacas y varios campesinos trabajando.

La estrechez de la vía iba complicando la escalada ya que pasaban muchos motoristas mientras se presentaban unas rampas con pendientes máximas entre el 12% y 16%. Dejando atrás el bosque, nos sumergimos en un prado de montaña, con un cielo cargado de densas nubes grises acompañadas por un marcado descenso en la temperatura.

Fueron tres horas con muchos estados de ánimo; la ilusión de estar allí, la seguridad al cruzarnos y saludar otros ciclistas, la preocupación de un clima desfavorable, el empoderamiento al alcanzar tanta altitud y el agobio físico luego de muchas horas en la carretera. Finalizando el kilómetro 17 nos encontramos un túnel oscuro, peligroso, de medio kilómetro y bajo una intensa lluvia paramos a colocar las luces de la bicicleta ya que entre la niebla y la caída del sol cada vez éramos menos visibles.

Fue así fue como coronamos El Passo di Gavia a 2650 m y maravillosamente encontramos un albergue donde guarecer de la lluvia. El Albergo Bonetta estaba lleno de ciclistas que al vernos, empapados y algo conmovidos, nos saludaron con entusiasmo, “Complementi”!  Exhaustos y sin considerar descender el puerto bajo esas condiciones, pernoctamos en el abergue luego de una copiosa cena. Como corresponde los lunes, “lunes sin carne”; sopa de minestrone, unos espaguetis con tomate y albahaca y un vino tinto.

Aunque el ascenso fue duro, la siguiente mañana pudimos disfrutar de un cielo despejado que pronosticaba una divertida bajada. Luego de un buen desayuno y abrigarnos bien, salimos a apreciar el paisaje y tomar fotos de esta cima asentada en un pequeño altiplano donde se encuentra el Lago Bianco.

Estábamos más temprano de lo usual en la carretera, el manejo del tiempo este día era crucial para lograr con éxito todos los objetivos. Nuestro próximo legendario nos esperaba, Passo dello Stelvio, seguido por el regreso a casa. Bajando esta hermosa carretera serpenteante con curvas de herradura, atravesamos el pueblo Santa Caterina de Valfurva para llegar a Bormio.

La bonita localidad de Bormio está situada en e Valle de Valtellina en la Lombardía y es un destacado centro de esquí durante el invierno así como la base perfecta para hacer ciclismo.

Comenzar este puerto requirió menos esfuerzo que los anteriores, teníamos el cuerpo caliente, y algo descansado, luego del largo descenso del Passo di Gavia. Al inicio hubo bastante tráfico pero a medida que nos encontrábamos los famosos “tornanti»  se despejaba la carretera e íbamos más tranquilos. Debíamos superar casi 40 herraduras con unos 22 kilómetros.

Subir el Passo di Stevio es una belleza ya que puedes ver como se zigzaguean las voluptuosas montañas mientras la carretera es invadida por muchos ciclistas.  La subida fue exigente y a medio camino paramos en un bar a refrescarnos. Estando allí se me ocurrió que dejáramos las bolsas del sillín, y en lugar de envidiar a los ciclistas que andaban ligeros, podríamos completar el puerto más cómodos. Con mi buen italiano (léase de pura broma), logré convencer al dueño que nos guardara los aproximados 7 kilos de ropa sucia a cambio de regresar a “mangare dopo”.

Coronamos el Stelvio, dejando como recuerdo en el cartel nuestras respectivas pegatinas; “Carla Mi Nutricionista” y “Favelaframa”. Disfrutamos de estar en la cima, tomamos fotos y nos refrescamos con una cerveza, incorporándonos para el descenso y completar nuestra travesía.  Nos cruzamos numerosos coches, ciclistas, motoras, lo que requería mucha concentración y precaución. Regresamos a donde mi gran nuevo amigo italiano a recoger los bolsos y comer algo. Fue una parada muy rápida pues teníamos el tiempo más que justo para regresar a Tirano a tomar un tren a Bérgamo de donde saldría nuestro vuelo de regreso a Barcelona.

Exitosamente luego de pedalear unos 30 kilómetros desde Bormio a Tirano, también en descenso, llegamos 20 minutos antes que marchara el tren. Cada cual se fue a comprar sus respectivos antojos gastronómicos, yo con el calor tenia deseos de yogurt con todas las frutas disponibles y Kike apareció con una enorme caja de pizza.

Regresamos maravillados de haber logrado tanto, solos y sin ningún percance. Llegamos a Bérgamo donde nos esperaba Tomasso para entregarle las bicicletas, y Ciao!

¡Un sueño cumplido, somos afortunados!