¿Conoces el skyr?

Yo ya había leído del skyr pero no fue hasta que visité Islandia que lo probé. La historia del skyr se remonta mil años atrás, cuando los vikingos que poblaban Islandia empezaron a elaborarlo a partir de leche de oveja. Ahora se hace principalmente con leche de vaca fermentada. 

Actualmente, el skyr es uno de los productos más ‘trendy’ y ha ganado mucho terreno en el campo de la nutrición deportiva. No lleva azúcares añadidos, es alto en proteínas y bajo en grasa. 

Pero ojo que, para adaptarlo a todos los paladares, sobre todo el norteamericano, ahora este producto lácteo fermentado también se comercializa con sabores, con frutas y endulzados. ¿Qué significa eso? Que lleva azúcares libres. Ni más ni menos. Porque no es que le añadan pedazos de frutas en su estado natural. Incluso estando allí en Islandia probé los que llevan fruta y es así mismo. Por consiguiente, por más que se ponga de moda, no podemos olvidar que la versión ‘natural’ sin sabor es la más parecida a la original y la más saludable. 

Información nutricional: Una porción de 5.3 onzas (150g) contiene: 90 kilocalorías, 0 g de grasa, 6 g carbs, 4 g azúcares, y 16 g de proteína. 

Por otra parte, el skyr, al igual que el yogurt, contiene bacterias probióticas que ingeridas en cantidades suficientes, pueden tener efectos beneficiosos, como contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal y potenciar el sistema inmune. 

¿A qué sabe? Tiene la cremosa consistencia del yogur griego, pero con un sabor más ligero.  

Y eso, ¿con qué se come? Como con cualquier yogur, se le pueden añadir frutas frescas y todo tipo de nueces. Esta combinación, por ejemplo, puede ser un excelente desayuno refrescante para el verano. También, por su alto contenido de proteína, junto a una fruta, puede ser un buen recuperador para después de entrenar. 

Cuéntame, ¿lo has probado?