Hay un marcador en sangre que puede aumentar significativamente tu riesgo de ataque al corazón o derrame cerebral, que afecta aproximadamente a 1 de cada 5 personas, y que la mayoría de los médicos todavía no ordena de forma rutinaria. Se llama lipoproteína (a), o Lp(a), y es hora de que lo conozcas.
La Lp(a) es una partícula de grasa muy parecida al colesterol LDL, pero con una diferencia importante: lleva adherida una proteína adicional que le da propiedades únicas y particularmente peligrosas. No solo puede depositarse en las paredes de las arterias y contribuir a la formación de placas, sino que además interfiere con la disolución natural de los coágulos sanguíneos. Esta combinación eleva el riesgo de infarto, accidente cerebrovascular y enfermedad de las válvulas cardíacas, especialmente la estenosis aórtica.
Aquí viene el punto que más sorprende cuando lo explico en consulta: el nivel de Lp(a) está determinado en más del 90 % por la genética. No lo controla la dieta. No lo controla el ejercicio. Naces con un nivel y, prácticamente, te quedas con él para toda la vida. Esto lo distingue radicalmente de otros factores de riesgo cardiovascular como el LDL, los triglicéridos o la presión arterial, que sí responden de manera significativa a los cambios de estilo de vida.
A pesar de su importancia, esta prueba rara vez aparece en los análisis de rutina. Y es que históricamente no formaba parte de los paneles de lípidos estándar, y los sistemas de salud tardan en actualizarse. Eso está cambiando, impulsado por organizaciones como la American Heart Association, pero lentamente. La buena noticia es que se mide una sola vez en la vida, porque prácticamente no cambia.
Seré directa: la nutrición no baja la Lp(a) de forma significativa. Pero eso no significa que no haya nada que hacer. Si la Lp(a) elevada es una pieza del tablero cardiovascular que no podemos mover, lo que sí podemos hacer es mover todo lo demás, y ahí la alimentación tiene mucho que decir. :)
Entra en juego el apoB, un marcador del que cada vez se habla más en medicina cardiovascular. El apoB es una proteína que recubre todas las partículas de grasa que pueden depositarse en las arterias, incluyendo el LDL, el VLDL y la misma Lp(a). Cada una de estas partículas lleva exactamente una molécula de apoB, lo que lo convierte en un contador directo de partículas potencialmente dañinas circulando en sangre. Muchos especialistas lo consideran un predictor de riesgo más preciso que el LDL solo, especialmente en personas con un perfil metabólico desfavorable a pesar de tener el LDL aparentemente normal.
Reducir el apoB sí está en nuestras manos. Una alimentación dirigida a lograrlo parte de reducir las grasas saturadas y las grasas trans, que elevan el LDL y el apoB de forma directa. Aumentar la ingesta de fibra soluble, presentes en la avena, las legumbres, la cebada y la psyllium, ayuda a reducir la reabsorción de colesterol en el intestino. Los esteroles vegetales, que se encuentran en aceites vegetales, frutos secos y semillas, contribuyen también a reducir el LDL. Priorizar proteínas de origen vegetal sobre carnes procesadas tiene siemore un efecto favorable en el perfil lipídico. Y el manejo del peso corporal, algo que muchas veces se subestima, tiene un impacto directo en el apoB, especialmente en personas con resistencia a la insulina.
Tener la Lp(a) elevada no significa que el destino cardiovascular esté determinado. Significa tener un factor de riesgo genético no modificable que vale la pena conocer, y que hace aún más importante gestionar todo lo que sí se puede cambiar: la presión arterial, la glucosa, el LDL, el apoB, el peso, el sedentarismo. Cada uno de esos factores bien controlado reduce la carga total de riesgo, y en eso la nutrición tiene un papel real.
Si tienes antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular prematura, habla con tu médico sobre hacerte la prueba. No para entrar en pánico, sino para saber con qué fichas estás jugando. La prevención sigue siendo la intervención más poderosa que tenemos, y empieza por conocer tus números.

