Siempre he sido consciente de la importancia de practicar el mindfulness en el día a día. Sé, al menos a nivel teórico, que vivir con atención plena es clave para el bienestar. Sin embargo, no fue hasta que, mientras leía un libro, me reconocí viviendo desde un estado más primario, casi instintivo, que lo comprendí de otra manera.

Al avanzar por sus páginas, no solo entendía el mensaje: me estaba reconociendo a mí misma.

Responder correos mientras preparo la merienda. Escuchar un podcast mientras leo una receta. Comer deprisa con la mente en otra parte.

La cabeza en mil lugares a la vez, más reacción que presencia. Como un animal en estado de alerta constante, incluso en momentos que deberían ser de pausa y cuidado.

Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, compara el multitasking con el estado de alerta de un animal en peligro: una atención fragmentada, reactiva, siempre orientada hacia fuera, a los estímulos externos. En la práctica como dietista, este modo de vivir se refleja claramente en los hábitos alimentarios.

Cuando no prestamos atención al comer, el cuerpo deja de ser escuchado. 
Las señales de hambre y saciedad se confunden. Comemos de forma más automática. Y, paradójicamente, sentimos hambre poco tiempo después.

Así se va construyendo una relación con la comida basada más en la inercia que en la conexión. No porque “no sepamos comer”, sino porque no estamos realmente presentes cuando lo hacemos.

Comer con el celular, la computadora o la televisión delante no es solo una costumbre de nuestra época. Es un reflejo de algo más profundo: la necesidad constante de rendir, de aprovechar el tiempo, de no parar… ni siquiera al alimentarnos.

Pero comer no es un trámite. Es una experiencia sensorial, fisiológica y emocional.
Y cuando la llenamos de distracciones, le robamos su función reguladora.

Volver a comer sin aparatos, aunque sea una comida al día, no es un hábito “perfecto” que añadir a la lista, es un acto de presencia, de regulación y de autocuidado.

Sentarse, observar el plato, percibir el hambre real, el sabor, la textura, la saciedad que aparece poco a poco… Todo eso permite que el cuerpo vuelva a participar activamente en la alimentación.

Lo interesante del planteamiento de Byung-Chul Han es el contraste que propone: mientras el “animal en alerta” reacciona a múltiples estímulos de forma simultánea, el ser humano evoluciona cuando aprende a concentrarse en una sola cosa a la vez.

Comer con atención. Leer sin interrupciones. Respirar en silencio durante unos minutos.

Son pequeños gestos, sí, pero también pequeños ejercicios de presencia, de conexión y de disfrute pleno de la vida.

Y quizá ahí esté una de las claves para relacionarnos mejor con la comida… y con nosotros mismos.

¿Te reconoces más en el animal en alerta o en la persona que come con atención?