Cuando ir a entrenar se convierte en una decisión filosófica…

Esta necesidad constante de rendir no me convence. Cada minuto del día contabilizado… todo medido, todo optimizando ¿Para qué?

Este culto al cuerpo perfecto no me encaja. El gimnasio a veces parece un espacio lleno de robots persiguiendo una perfección que nadie pidió.
 ¿No deberíamos estar usando ese tiempo para resolver otros problemas, en lugar de obsesionarnos tanto con nosotros mismos?

El sistema dice: haz, haz, haz. Entrena antes de trabajar. Produce. Sonríe. Repite.

Como dice Byung‑Chul Han: “No somos sujetos de obediencia, sino de logro, emprendedores de nosotros mismos, explotándonos hasta agotarnos".
 ¿Ya no puedo tomarme un café tranquila por la mañana sin esa prisa constante por rendir más?
 No entrenar y quedarme tranquila también puede ser un acto de rebeldía.
Tomar las riendas de mi vida.

Pero claro… vivimos en un entorno obesogénico. Nos quieren sentados, obesos y enfermos. Todo está pensado para eso.
Y si no entreno, soy irresponsable.

Así que entrenar también es un acto de rebeldía.
Autonomía futura. Como dice Haruki Murakami: “La mayoría de los corredores no corren para vivir más, sino para vivir la vida al máximo.” 
Es poder llegar a vieja y cruzar el semáforo sin humillarte antes de que cambie.

Cuando ir o no al gimnasio se convierte en una decisión filosófica. 
🏋️‍♀️☕️

Pensarlo también forma parte del cuidado. ¿Algo más que quieras añadir?