Les tengo mucho que contar. Estuve en Islandia, la tierra del hielo y del fuego. Tierra de contrastes en los cuales los cuatro elementos te sorprenden a cada minuto. Todo puede cambiar en cuestión de un momento. Hasta en el lugar más quieto llega un viento que te hace sentir indefenso en una naturaleza peligrosa y sin límites.

Me la viví a plenitud. Inmersa en su ferocidad y su magia. **El senderismo es una de las mejores actividades para practicar en este país.**Hicimos muchas rutas que conseguimos en la página de Wikiloc. De las aventuras que más disfruté fue el senderismo por las coladas volcánicas del Fagradalsfjall. Aún emana gases de la última erupción. Caminar por sus rocas que una vez fueron líquidas fue divertido y aterrador. Parecían merengue negro.

Creo que el reto más grande fue aventurarme a nadar entre los dos continentes. 😳 En el Parque Nacional Þingvellir está Silfra, una fisura que separa las placas tectónicas de Norteamérica y Eurasia. Hacer ‘snorkeling’ en un agua helada a través de esta grieta fue alucinante. Esas cuevas se han ido formando como resultado de los terremotos. Con cada uno, bloques y rocas caen en la fisura haciéndose más ancha y profunda. Se estima que cada año las placas se separan una distancia adicional de 2 cm. ¡Wow! Pero el verdadero ‘wow’ se lo lleva la temperatura del agua. Estaba a 2ºC. De esta espero haber superado la changuería de no querer bañarme en aguas no suficientemente cálidas.😅

Conocí uno de los gigantes en extinción, el glaciar Sólheimajökull, el cual recorrimos como parte de una ruta guiada. Senderismo sobre un hielo blanco, gris y negro ya que estaba cubierto con las cenizas de un volcán. Jamás me hubiera imaginado que estos dos elementos pudieran coexistir. Las cenizas del Katla recubren el hielo de la parte más baja de las lenguas glaciares. Y, de hecho, las cenizas son tan fuertes que protegen el hielo y no se deshace. ¡Qué maravilla! A medida que ascendíamos el color grisáceo cedía el batón al blanco resplandeciente. Ahí el hielo es sólo agua. Una de las aguas más puras de la cual nos dimos algunos sorbitos. Porque, aunque sea difícil de creer, hacia bastante calorcito. De hecho, ese día la temperatura marcaba dos cifras. Algo inusual en esta isla.

Hablemos de placeres. Si bien hay muchos baños termales perfectamente organizados, no se comparan con hacer una caminata extenuante para encontrar un río de agua caliente. Las cosas se aprecian más cuando requieren un esfuerzo. 😉 Nos dimos un buen baño en el ‘Reykjadalur Hot Spring Thermal River’. Hay muchos y están escondidos por todas partes.

Nos desplazamos principalmente por el sur e hicimos un buen ‘road trip’ por la Península de Snaefellnes. Ahí visitamos Arnarstapi, de lo más fácil de pronunciar, un pequeño puerto pesquero en la entrada del Parque Nacional de Snæfellsjökull en el cual se pueden apreciar maravillosos acantilados, arcos de lava y un enorme monumento de piedras que rinde homenaje a Bárdur, el espíritu guardián de la región. Y hablando de guardianes, Islandia es un país plagado de historias de elfos y de hadas, además de las tantas sagas de los vikingos. Ahí cerca en Borgarnes está ‘The Settlement Center’, un museo que tiene mucha historia de los inicios de la civilización y alguna saga con divertidos visuales. Merece la pena visitarlo.

Recorriendo esta península también fuimos a Ólafsvík en dónde tomamos un tour marítimo para ver ballenas. ¡Vimos muchas! Ah, y más senderismo. Hicimos una caminata alegre bajo el sol dándole la vuelta a Kirkjuffel, “la montaña iglesia”. Es una montaña de origen volcánico situada en Grundarfjörður (Fiordo de Grundar) que también lleva otro nombre “la cima de azúcar”, como le llamaban los marineros daneses, ya que cuando nieva eso es lo que parece. Pudimos apreciarla de diversas maneras. ¡Vaya nevada que cayó al día siguiente!

Luego nos movimos a la ciudad. A Reykjavík, la capital más septentrional del planeta. Sorprendentemente cosmopolita para su tamaño. Ahí nos disfrutamos la vida nocturna del finde. Encontramos un buen jazz club que tenía diferentes músicos cada noche así que nos convertimos en otros ‘locales’ del bar. Por el día paseamos apreciando los coloridos edificios que animan la zona más turística. Y hablando de turismo, nos dedicamos un día completo para visitar museos. Hay muchos y era difícil la elección. Terminé visitando el de las ballenas, “Whales of Iceland” y, los de arte moderno y contemporáneo, “Reykjavík Art Museum”.

Hablemos de la comida islandesa. Su gastronomía se compone principalmente de carnes y de pescados. El bacalao es el pescado más usado en todo tipo de cocciones, como el clásico Fish & Chips. Uno de los más tradicionales y que verdaderamente disfruté es el Plokkfiskur. Un guiso cremoso de bacalao con papa que se acompaña con una tostada de pan de centeno dulce. ¡Es exquisito! Otros pescados que se comen son el salmón y la trucha ártica. Y la langosta y las vieras están omnipresentes en sus cremas y sopas. Las frutas y los vegetales no son fáciles de conseguir. Prácticamente todo es importado ya que su clima no le permite cosecharlo. De ahí sus precios estratosféricos. Por primera vez probé el Skyr, un producto lácteo fermentado que ha formado parte de su gastronomía durante siglos. Ya es parte de la dieta de muchos ‘foodies’, además de haber ganado terreno en el campo de la nutrición deportiva por su alto contenido proteico. Tiene la cremosa consistencia del yogur griego pero con un sabor más ligero. Fue mi desayuno todos los días mezclado con nueces y pasas. Islandia es verdaderamente fascinante. Te hace cuestionarte si es una nación moderna y variada que evoluciona con el resto del mundo o si, por el contrario, es un país rural que se opone a la fuerza de la globalización. Me pareció que es ambas cosas. Tienen mucha cultura, literatura y arte contemporáneo. Y si bien haya más ovejas que personas, su capital es cosmopolita, sus ciudadanos de mente abierta y va a la cabeza de muchísimos países en cuanto a derechos LGBT se trata.

Viajar aquí, al igual que sucede cuando contemplamos la inmensidad de la naturaleza hace que nuestros problemas sean pequeños. Eso es un regalo. Por otra parte, presenciar todas esas maravillas hace que uno se sienta feliz y satisfecho con la propia existencia. Pero para esto no hace falta viajar, la naturaleza está a la vuelta de la esquina. Tenemos que aprovecharla, respetarla y acercarnos más a ella. Definitivamente. ❤️